Cuando era pequeña me enseñaron que el sexo va unido al sentimiento y la adultez al matrimonio.
Cuando era pequeña me enseñaron a que las princesas necesitan un principe que escale una alta torre para salvarlas y las bese para despertarlas.
Cuando era pequeña me enseñaron que los chicos no lloran y apenas tienen sentimientos.
Cuando era pequeña me dijeron que la felicidad iba unida al éxito.
Cuando era pequeña me enseñaron que una mujer que se acuesta con muchos hombres es una guarra y un hombre que se acuesta con muchos hombres es una abominación.
También, cuando era pequeña... me di cuenta de lo enferma que estaba la sociedad.
Entonces crecí y aprendí:
que el sexo con sentimientos está sobrevalorado,
que el matrimonio es una forma de opresión y dependencia,
que un tio no tiene que venir a salvarme del dragón porque puedo hacerlo yo sola, que no tiene por qué besarme cuando estoy dormida porque eso es una forma de violación.
Aprendí que los hombres eran HUMANOS y, como todos, tienen sentimientos.
Que las personas más existosas no son las más felices y, a veces, las que menos tienen son las que más dan.
Aprendí que una mujer guarra es aquella que no se ducha y huele mal, pero una mujer que se acuesta con todos es aquella que vive su vida sin importarle la opinión de nadie.
Que el sexo entre dos personas del mismo género es igual que entre dos personas de diferente, que la única enfermedad la tienen los que critican la homosexualidad y se llama: mente cerrada.
Cuando crecí, aprendí.
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