jueves, 28 de septiembre de 2017

Hay días que te cansas de fingir, te encuentras agotada tanto emocional como físicamente y no tienes fuerzas para simular que aún eres feliz, que la tristeza no te tiene sumisa de sus deseos ni que bailas su compás.
Hay días que te das cuenta de que lo que creías superado, no lo estaba tanto. Que te sigue afectando aquello que pensabas que estaba olvidado. Que sigues teniendo la espina venenosa que tanto has intentado sacar de tu cuerpo.... sin éxito.
Hay días que abandonas, tiras la toalla, te cansas, dejas de luchar y vuelves a tener el sentimiento que tanto quisiste hacer desaparecer.
Vuelves a ahogarte en vasos de chupitos, vuelves a no poder respirar, a los nudos en el pecho y las constantes ganas de llorar.
Vuelve la depresión, esa enfermedad que tantísimo te costó ocultar, que tanto intentaste apartar. Vuelve cuando, por fin, habías aprendido que de ella no se sale, si no que convives toda tu vida.
Vuelven los ataques de ansiedad y el no poder controlar tu cuerpo.
Vuelven los monstruos que encontraste bajo tu cama y escondiste en tu armario.
Vuelve aquello que te volvió fría, lo que te hizo perder los sentimientos y te produjo más dolor de la cuenta.
Mi error fue autoconvencerme de que estaba bien no estar bien, te das cuenta de que seguir en pie a pesar de los golpes no sirve para nada si ya has muerto por dentro.
Hazme caso que no está bien, no está bien sentirse inútil, insegura, sin valor. No está bien sentir que no eres nadie y que tu nombre queda pronto en el olvido de todos aquellos que pasan por tu lado.
Y es que como dijo Dorthy Rowe "La depresión es una prisión en la que eres tanto el prisionero como el cruel carcelero".

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