martes, 15 de noviembre de 2016

Yo nunca he sabido escribir.
He vomitado sentimientos en forma de versos,
buscando un mínimo de cordura
que yo no poseo.
Tampoco he aprendido a vivir,
a vivir en brazos ajenos,
ni a llamarlos 'hogar'.

Hay muchas cosas que se me pasan por alto,
como la sonrisa de ese chico de la cafeteria,
mientras yo pensaba en ti,
o la mirada de mi amiga diciendome
'eh, esta es tu noche, sácale a bailar'.

Aun me queda mucho por conocer,
por conocerme,
por conocerte.
Saber si eres de los que sonrie en mitad de un beso
o de los que mira a los ojos
segundos después de darlo.
O de esos que besan con los ojos abiertos y el corazón cerrado.

Si eres de los que rien cuando recuerda la noche más ridícula de su vida.

O si eres, como yo, de los que se quedan mirando a un punto fijo,
soñando con los ojos abiertos.
Nos llaman utópicos,
pero prefiero soñadores.

No sé cómo elegir el camino correcto,
no sé cómo escribir,
no sé cómo es vivir,
no sé cómo eres, ni sé cómo soy.

Pero a esta locura de versos,
palabras, sílabas o sonidos,
los he llamado vida,
porque es lo más cercano que voy a estar de saberlo.

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