Tengo como almohada tu pecho desnudo.
Te oigo respirar,
jadeante,
recuperándote de la última batalla liderada.
Te colocas el pelo,
me descolocas el alma.
Te declaro manantial en medio de un desierto cuando me besas el cuello.
Y me proclamas súbdita de Afrodita cuando bajo las sábanas consigo hacerte suplicar que no pare.
Te confieso cómplice del carnal encuentro con mis caderas.
Y me concedes el último suspiro de nuestro pecado compartido.
Apoyas tu cabeza en la almohada
y noto las yemas de tus dedos,
escribiéndome un poema sobre la espalda.
Sonries cuando te declaro el poeta
que me desnudó en un verso.
Te ries porque sabes lo utópico que suena,
porque conoces cada nudo de mi garganta,
de mi pecho,
de mi estómago.
Y sabes que no hay humano,
dios,
ni universo
capaz de desvestirme la coraza.
Pero tú no sabes que cuando me miras,
me penetras el alma
y siento que solo tú eres capaz
de deshacer mi armadura.
miércoles, 3 de enero de 2018
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario