martes, 28 de noviembre de 2017

Maldito sea tu incendio,
que me quema la mano por intentar coger la tuya.
Hace tiempo que quise escribir esto, pero nunca encuentro palabras.
Contigo tengo tantos sentimientos que siempre dejo el folio en blanco, por no tener la manera de expresarlo.
Debo alejarme.
Porque te has convertido en pecado del cura mirando la falda corta de una mujer casada.
Te has convertido en la piruleta prohibida de un niño cuya madre le ha exigido no acercarse a ninguna.
Ahora, eres la jodida chuleta de un estudiante en un examen, tan apetitosa como peligrosa.
Eres una droga pura para un drogadicto.
Y yo, gilipollas, no me dí cuenta hasta que ya era tarde.
No me dí cuenta de las ganas que tenía siempre de escuchar tu voz.
De las sonrisas traviesas que aparecían en mi boca cada vez que nos besábamos.
De lo mucho que me gustaba tu barba de tres días y acariciar tus mejillas.
De las ganas que tenía de hablarte cada día y contarte lo mierda que había sido, porque no había estado contigo.
Y, mientras yo estaba ciega en mi propio mundo, otra descubría tu estúpida forma de reirte mirando a los ojos. Y quién no iba a enamorarse de eso.
Si, es cierto.
Soy un desastre.
Soy una bomba apunto de detonar.
Soy un corazón de acero, que nadie consigue fundir.
Pero llegaste tú.
Llegaron los sentimientos y la montaña rusa de estos.
Yo que nunca había sido capaz de sentir nada.
Ahora, ya no me ves de la misma forma pero sigues teniendome en tu mente.
Ahora actuamos como dos jodidos desconocidos,
sabiendo todo
el uno del otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario