Tengo piel.
Kilómetros y kilómetros de piel.
Piel que echa en falta el contacto con otra igual a ella.
Necesitada de caricias que, a veces, ella misma se proporciona.
Echando de menos, cuando no debe, la sinfonía de gemidos que provocabamos en la cama.
Tengo piel.
Actuando como capa invisible que protege cada rincón de mi cuerpo.
Es a la vez muralla protectora de sentimientos.
De miedos.
De ilusiones.
De decepciones.
Tengo piel, heridas y cicatrices.
Algunas provocadas por mi misma.
Otras debidas a todo aquello que dicen,
y que duele.
Tengo piel,
frágil como el cristal
y fácil de herir.
En ocasiones, la cubro con suaves sedas o bonitos encajes,
otras, en cambio, dejo mostrar todas mis revoluciones.
Metafórica y literalmente.
He de confesarme,
como pecador en la iglesia,
y decirte o declararte
que me encanta que desnudes mis inseguridades
y me hagas sentir cómoda con ellas,
porque sabes que ya son parte de mi.
Me encanta, también, que beses mi tristeza,
porque comprendes que todo el mundo tiene un día malo.
Tengo piel,
convertible en lienzo en días de lluvias
y en poema, los buenos días.
Tengo piel.
Y ganas de que la fundas con la tuya.
Inspirada en Hannah Baker (13 reasons why)
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